El teatro, a diferencia de otros lenguajes artísticos, sucede en tiempo real. No hay edición posible. El error y la emoción comparten el mismo espacio, y eso lo vuelve profundamente humano. Cuando una actriz o un actor sube al escenario, expone no solo su cuerpo, sino también su biografía emocional, incluso cuando interpreta a otro. Hay algo en la escena que invoca verdad, y toda verdad, como sabemos, puede doler.
Duele cuando el texto toca fibras que no esperábamos. Duele cuando la historia contada se parece demasiado a la nuestra. Pero sobre todo duele porque el teatro, cuando es honesto, no ofrece escapatoria: nos obliga a mirar. La Perra Coja nace desde esa necesidad de no huir de lo incómodo, de atravesar lo que lacera con la certeza de que ahí, precisamente ahí, está la semilla de la transformación.
Este dolor no es gratuito. Es dolor con propósito. No se trata de provocar por provocar, sino de hurgar en los pliegues de la experiencia para hacerlos visibles. Como quien acaricia una cicatriz antigua y reconoce en ella no solo una herida, sino una historia.
El escenario como espacio de memoria
El teatro es, muchas veces, el único lugar donde ciertas memorias tienen permiso para existir. Lo que no se dice en casa, lo que no cabe en un titular, lo que la historia oficial entierra, aparece en escena con una contundencia poética y política. El cuerpo que actúa se convierte en archivo. Las palabras que se pronuncian, en testimonio.
En La Perra Coja entendemos el escenario como un espacio de memoria viva, un lugar donde lo personal se vuelve colectivo, y donde la experiencia íntima puede resonar en quien observa desde la butaca. En El Acontecimiento, por ejemplo, no solo se narra una experiencia individual, sino que se abre un canal para que muchas otras memorias, silenciadas o ignoradas, se expresen también.
Reivindicar el teatro como lugar de memoria es también desafiar la fugacidad del presente. Es decir: “esto pasó”, “esto sigue pasando”, “esto no lo vamos a olvidar”. Frente a una cultura que nos empuja a mirar hacia adelante sin digerir lo vivido, el teatro ofrece un contrapeso: una pausa, una evocación, un duelo compartido.
El arte de no tener miedo al dolor
Hay algo valiente en quienes deciden subirse a un escenario a hablar de lo que les atraviesa. Y hay algo aún más valiente en quienes lo hacen desde la ternura, sin esconder la vulnerabilidad. En La Perra Coja, creemos que crear desde el dolor no significa instalarse en la queja, sino tomar el dolor como motor, como impulso creativo. No para glorificarlo, sino para transformarlo.
Trabajar con textos como El Acontecimiento implica navegar emociones intensas, abrir heridas propias, preguntarse cuánto de una misma hay en esa historia. No es un ejercicio fácil. Requiere honestidad y escucha. Y, por supuesto, humor —porque sin él, no hay quien aguante tanta intensidad.
Lo interesante es que cuando nos damos permiso para nombrar lo que duele, algo se afloja. El arte no borra el sufrimiento, pero le da forma, y esa forma puede ser compartida. Y lo compartido, por definición, ya es menos solitario.
La cicatriz: marca de resistencia
Toda cicatriz es memoria visible. Es la prueba de que algo pasó, de que algo se sobrevivió. En el teatro también quedan cicatrices: en el cuerpo del intérprete, en el texto que se transforma función tras función, en la mirada del equipo técnico que acompaña cada ensayo como si fuera el primero. Pero también, y sobre todo, en la obra misma como testimonio artístico.
En nuestra compañía, no borramos las marcas: las iluminamos. Nos interesa mostrar las fisuras, las contradicciones, los gestos que no encajan del todo. Porque en esas grietas se cuela lo más humano. Porque en esas imperfecciones se esconde la belleza más auténtica.
Y así, función tras función, la obra también cicatriza. Se asienta. Se vuelve cuerpo colectivo. Cada noche se suma una capa más, como quien cose a mano y sin prisa una herida que fue abierta para que otros la miraran sin miedo.
¿Y si el teatro también curara?
Curar es una palabra grande. A veces sospechosa. No pretendemos que el teatro sustituya a ningún proceso terapéutico, pero sabemos que algo se mueve en quienes se permiten atravesar una historia con el corazón abierto.
No siempre se nota al salir del teatro. A veces es una incomodidad leve. A veces es una frase que se queda flotando durante días. El teatro, como la herida, no siempre se entiende al instante. A veces deja eco. A veces no sabes por qué, pero saliste distinto. Y eso, para nosotras, ya es un triunfo. Porque si no te conmueve… entonces no es teatro.
Creemos que el teatro puede acompañar. Puede ofrecer compañía a quienes han pasado por experiencias similares, puede poner en palabras lo que a veces no sabemos decir. Y en ese acompañar, hay algo curativo. Una escucha. Un reconocimiento. Una forma de decir “yo también”.
Tal vez no curemos, pero sí abrimos un espacio donde sanar sea posible. Y en estos tiempos de ruido, velocidad y desconexión, eso es casi un milagro.
Risa, rabia y otras formas de catarsis
La tragedia y la comedia son primas hermanas. Lo sabían los griegos, lo sabe cualquier actriz que haya reído en escena justo después de llorar. En La Perra Coja no creemos en el drama puro ni en la solemnidad permanente. Nos gusta mezclar. Hacer convivir lo punky con lo poético, lo crudo con lo tierno. Porque la vida es así: un torbellino de emociones sin etiquetas.
La catarsis puede venir en forma de carcajada absurda, de silencio incómodo o de aplauso inesperado. Cada persona la vive a su manera. Pero si algo buscamos con nuestro trabajo es eso: sacudir. Alterar. Conmover. Y a veces, para conmover, basta una mirada bien dicha o un gesto torcido.

